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En las artes marciales, la meditación sobre las acciones pasadas nos conduce a la habilidad y destreza en acciones futuras

Mitos y Leyendas

       
       


El Discípulo de Musashi
Por Taisen Deshimaru
Del libro "The Zen Way to the Martial Arts"

Les contaré la historia del samurai quien vino a ver al legendario maestro Miyamoto Musashi y le pidió que le enseñara la verdadera vía de la espada. El maestro aceptó. Una vez su discípulo, el samurai utilizaba todo su tiempo, como le había ordenado su maestro, cargando y cortando leña y yendo a buscar agua desde un distante manantial. Hizo esto todos los días por un mes, dos meses, un año, tres años. En la actualidad cualquier discípulo se habría arrancado a la semana o hasta unas pocas horas, pero el samurai continuó, y en el proceso formó su cuerpo. Al final de tres años, a pesar de todo, se hartó y le inquirió a su maestro, "Qué tipo de entenamiento me está dando? No he tocado una espada desde que llegué. Ocupo todo mi tiempo cortando leña y cargando agua. Cuando me va a iniciar?"
"Está bien, está bien", respondió el maestro.

"Ya que lo deseas, ahora te enseñaré la verdadera técnica".

Le ordenó que fuera al dojo y ahí, día tras día, desde la mañana hasta la noche, el discípulo tuvo que caminar alrededor de la orilla externa del tatami, paso a paso alrededor del salón sin nunca perder el paso.

Así pues el discípulo caminó alrededor de la orilla del tatami por un año. Al final de ese tiempo le dijo a su maestro, "Soy un samurai, tengo una larga experiencia con la espada y he conocido a otros maestros de kendo. Ninguno me ha enseñado de la manera que usted lo hace. Ahora, por favor, enséñeme la verdadera vía de la espada".

"Muy bien," dijo el maestro. "Sígueme."

Lo guió lejos en las montañas a un lugar donde un tronco de árbol hacía de puente por encima de una quebrada profunda, escabrosa de profundidad aterradora.

"Muy bien," dijo el maestro, "crúzalo."

El samurai no entendía lo que su maestro quería decir; cuando miró hacia abajo, titubeó, retrocedió y no pudo convencerse de cruzar.

Repentinamente se escuchó un sonido de golpeteos detrás de ellos, el sonido del bastón de un hombre ciego.

El ciego, sin prestarles atención, los pasó y golpeteando se guió firmemente por encima del abismo, su bastón por delante.

"Ahh," pensó el samurai, "Estoy comenzando a entender. Si el ciego puede cruzar así, yo debería poder también lograrlo."
Y luego su maestro dijo, "Por un año completo has caminado vuelta tras vuelta alrededor de la orilla del tatami, que es mucho más angosto que ese tronco; deberías poder cruzar."

Entendió y rápidamente cruzó al otro lado.

Su entrenamiento estaba terminado: tres años desarrolló la fuerza corporal; un año completo desarrolló su poder de concentración sobre una sola acción (caminar); y finalmente, encarando la muerte a la orilla del abismo, recibió su entrenamiento final de espíritu y mente.


Encuentro con una serpiente
Traducido del libro "My Way of Life" por O-sensei Funakoshi
Kodansha International

Existe en Okinawa una serpiente muy venenosa llamada habu. Afortunadamente su mordedura ya no es tan temible en la actualidad como lo era en mis años mozos, donde la única salvación para alguien mordido en la mano o pie era la inmediata amputación del miembro correspondiente. En la actualidad existe un suero efectivo, pero debe ser inyectado tan pronto como sea posible después de la mordedura.

Nuestra habu okinawense, que llega a crecer a más de 2 metros, aún es una bestia que hay que evitar.

En los años previos al desarrollo del suero, me fui una noche a la casa del Maestro Azato para una práctica de karate. Esto ocurrió varios años después de mi matrimonio, y le pedí a mi hijo mayor, en aquel entonces en la escuela primaria, que me acompañase y que portase la pequeña lámpara que iluminaba nuestra ruta a través de la noche en la isla.

Mientras caminabamos a través de Sakashita, entre Naha y Shuri, pasamos un antiguo templo dedicado a la antigua y muy venerada Diosa de la Misericordia, llamada Kannon en japonés moderno. Justo después de pasar su templo divisé en el medio del camino un objeto que a primera vista creí eran excrementos de caballo, a medida que nos acercábamos me di cuenta que lo que veía tenía vida y no sólo viva sino anrollada lista para atacar, observándo enojadamente a nosotros los dos intrusos.

Cuando mi hijo vio aquellos dos agujeantes ojos brillando en la noche y luego aquella afilada y roja lengua saltando de su boca a la kuz de la linterna, gritó de terror y se abalanzó sobre mi, abrazándome las piernas en miedo. Rápidamente lo lancé tras de mi, le quité la linterna y comencé a balancearla lentamente de izquierda a derecha, con mis ojos clavados sobre los de la serpiente. No puedo, ciertamente decirles cuanto duró esto, pero finalmente la serpiente, todavía observándome, se deslizó hacia la oscuridad del campo de papas adyacente. Fue sólo en ese momento que pude ver lo larga que era y lo gruesa que era la habu.

Ya había , naturalmente, a menudo visto varias habu antes, pero nunca anterior a esa noche había visto una enroscada lista para atacar. Como todo Okinawense conocía sus desagradables hábitos, dudaba mucho que se hubiese ido tan sumisamente sin siquiera intentar atacar, así pues, aún terriblemente asustado, tomé la linterna por delante de mi y me adentré en el campo en busca de la serpiente
.
Tan pronto como vi aquellos dos ojos brillosos reflejando la luz de la linterna me di cuenta que la habu de hecho me estaba esperando. Me había tendido una trampa y estaba lista para atacarme. Afortunadamente al verme y la linterna oscilante, abandonó su ataque y esta vez desapareció definitivamente en la oscuridad del cultivo.

Me pareció aprender una muy importante lección de la serpiente. Mientras continuabamos nuestro viaje hacia la casa de Azato, le dije a mi hijo, "Todos conocemos la persistencia de las habu.

Pero esta vez ese no fue el peligro. La habu que encontramos parecía estar al tanto de las tácticas de karate, y cuando se adentró en la vegetación, no estaba huyendo de nosotros. Estaba preparando un ataque. La habu comprendía muy bien el espíritu de karate".

La reunión de Artes Marciales de los Gatos
Taisen Deshimaru
Traducido del libro "The Zen Way to the Martial Arts", Penguin/Arkanai.

Hace 200 años, en Japón, antes de la Restauración Meiji, existió un maestro de Kendo llamado Shoken, su hogar estaba infestada por una inmensa rata. Esta es una historia inusual de gatos y ratas.
Cada noche la rata grande llegaba a la casa de Shoken y lo mantenía despierto. Tenía que dormir durante el día. Consultó a un amigo que se dedicaba a criar gatos, algo así como un entenador de gatos. Shoken le dijo, "Préstame tu mejor gato".
El entrenador le prestó un gato de callejón, extremadamente rápido y un muy ávido cazador de ratas, con garras firmes y músculos de gran fuerza. Pero cuando se enfrentó cara a cara con la rata en la pieza, la rata no cedió terreno y el gato tuvo que darse la vuelta y correr. Había algo decididamente especial con aquella rata.

Shoken prestó entonces un segundo gato, uno de color gengibre, con un ki increíble y una personalidad agresiva. Este segundo gato no cedió terreno, de esta manera el gato y la rata lucharon; pero la rata lo superó y el gato tuvo que realizar una presurosa retirada.
Buscó un tercer gato, uno de color blanco y negro, lo enfrentó a la rata pero no corrió mejor suerte que los dos anteriores.

Shoken prestó un gato más, el cuarto; era negro, viejo y no estúpido, pero on era tan fuerte como el gato de callejón o el gato color gengibre. Entró al cuarto, la rata lo miró un poco y avanzó. El gato negro se sentó, muy imperturbado y se mantuvo completamente inmóvil. Uno titubeo cruzó la mente de la rata. Se acercó cautamente poco a poco; estaba sólo un poquito asustado. Repentinamente el gato lo agarró por el cuello, lo mató y se lo llevó arrastrando.

Posteriormente Shoken se fue a ver a su amigo entrenador de gatos y le dijo, "Cuantas veces he perseguido a esa rata con mi espada de madera, pero en vez de golpearlo me rasguñaba; como pudo tu gato negro deshacerse de él?"

El amigo le dijo, "Lo que deberíamos hacer es citar a una reunión y preguntarle directamente a los gatos. Tu eres un maestro de Kendo, tú haz las preguntas; estoy bastante suguro que todos entienden sobre artes marciales".
Así que hubo una reunión de gatos, era presidida por el gato negro que era el más viejo de todos. El gato de callejón tomó la palabra y dijo, "Soy muy fuerte".

El gato negro preguntó, "Entonces por qué no le venciste?"

El gato de callejón respondió, "Créanme, soy muy fuerte; sé cientos de diferentes técnicas para atrapar ratas. Mis garras son fuertes y mis músculos me dan un largo alcance. Pero esa rata no era una rata común y corriente".

El gato negro dijo entonces, "Entonces tu fuerza y tus técnicas no se compararon con las de aquella rata. Tendrás mucho músculo y nuchas wasa, pero habilidad sola no fue suficiente. De ninguna manera!"

El gato jengibre habló: "Soy enormemente fuerte, estoy constantemente ejercitando mi ki y mi respiración a través de zazen. Me alimento de vegetales y sopa de arroz, por ello tengo tanta energía. Pero me fue imposible vencer la rata. Por qué?

El gato negro respondió, "Tu actividad y energía son grandes, es cierto, pero la rata estaba más allá de tu energía; eres más débil que la gran rata. Si estás fijándote en tu ki, orgulloso de ella, se transforma en algo así como grasa. Tu ki es sólo una explosión transitoria, no puede durar y todo lo que queda es un gato furioso. Tu ki puede compararse con agua que fluye de una llave; pero la de la rata es como un gran geyser. Esa es la razón por la cual la rata fue más fuerte. Aunque tengas un ki muy fuerte, en realidad es débil pues confías demasiado en ti mismo."

Le llegó el turno de hablar al gato blanco y negro, quien también había sido vencido. El no era muy fuerte, pero era inteligente. Tenía satori, había terminado con wasa y utilizaba todo su tiempo practicando zazen. Pero no era mushotoku (eso es, sin metas ni deseos de ganancia), y él también se vio forzado a correr para sobrevivir.

El gato negro le dijo, "Eres extremadamente inteligente y fuerte también. Pero no pudiste vencer a la rata pues tenías un objetivo, de tal manera la intuición de la rata fue más efectiva que la tuya. En el instante que entraste a la pieza entendió tu actitud y estado mental y fue por eso que no pudiste vencerlo. Te fue imposible armonizar tu fuerza, tu técnica y tu conciencia activa; se quedaron separadas en vez de unirse en una.

"Mientras que yo, en un instante único, usé todas esas tres facultades inconcientemente, natural y automáticamente, y de esa manera me fue posible matar a la rata.

"Pero conozco un gato, en un pueblo no muy lejos de aquí, que es más fuerte aún que yo. El es muy, muy viejo y sus mostachos son grises. Lo conocí una vez, y ciertamente no hay nada que indique que es fuerte! Duerme todo el día. Nunca come carne ni siquiera pescado, sólo genmai (sopa de arroz), aunque a veces toma unas gotas de sake. Nunca ha atrapado una sola rata pues le tienen un miedo mortal y se arrancan de él como hojas al viento. Se mantienen tan alejados que nunca tiene la oportunidad de atrapar siquiera uno. Un día entró en una casa completamente infestada de ratas; bueno, todas las ratas desaparecieron ese mismo instante y se fueron a vivir en otras casas. Los podía espantar en sus sueños. Ese gato barbagris es misterioso e impresionante. Deben ser como él: más allá de las posturas, más allá de la respiración, más allá de la conciencia."

Para Shoken, el maestro de kendo, esta fue una gran lección.

En zazen, ya estás más allá de posturas, más allá de la respiración, más allá de la conciencia.

Contra un Tifón
Por Yukio Togawa
Extraído de Karate-do, My Way of Life.
Sobre Gichin Funakoshi

El cielo estaba negro, y desde ella salía un viento aullante que destruía todo lo que encontraba en su camino. Grandes ramas se desgarraban desde los grandes árboles como si fuesen delicadas ramas, polvo y guijarros volaban en el viento, golpeando dolorosamente los rostros humanos.

Okinawa es conocida como la Isla de los Tifones, y la ferocidad de sus tormentas tropicales desafía cualquier descripción. Para poder soportar el embate de los vientos que devastan la isla regularmente cada año durante la época de tormentas, las casas okinawenses son bajas y además son construidas tan robustas como les es posible; están rodeadas además por altos muros de piedra, y los techos de pizarra son adheridos con cemento. Pero los vientos son tan tremendos (algunas veces alcanzando velocidades de cientos de kilómetros por hora) que a pesar de las precauciones, las casas vibran y tiemblan.

Durante un tifón en particular, del cual me acuerdo, todas los habitantes de Shuri escondidos en sus hogares, rezando que el tifón pasara sin generar demasiada destrucción. No, me equivoco en decir que todos los habitantes estaban escondidos en sus hogares: había un joven hombre, sobre el techo de su hogar en Yamakawa-cho, que determinadamente luchaba contra la tormenta.

Cualquier persona que hubiese visto esta figura solitaria, con toda seguridad hubiese concluido que esa persona había perdido su sano juicio. Sólo vestido con un taparrabos, se paraba sobre las resbaladizas baldosas del techo y sujeto entre ambas manos, como para protejerse del viento aullante, un cubrepiso tatami. Debe haberse caído varias veces desde el techo al suelo, pues su cuerpo casi desnudo, estaba cubierto con barro.

El joven hombre aparentaba tener unos 20 años de edad o posiblemente menos. Era de baja estatura, poco más de 5 pies de alto (1,60 cm + -), pero sus hombros eran enormes y sus biceps muy abultados. Su pelo estaba ordenado como el de un luchador de Sumo, con un moño y una pequeña aguja de plata, indicando que pertenecía a los shizoku.

Pero todo esto es de poca importancia. Lo que importaba era la expresión en su rostro: los ojos anchos resplandecín con una extraña luz, una frente amplia, piel de un rojo cobrizo. Apretando sus dientes mientras el viento lo azotaba, irradiaba un aura de tremendo poder. Uno podría haber creído que era un de los reyes guardianes de Deva.

En ese momento el joven hombre asumió una postura baja, sujetando la alfombrilla de paja contra el viento enloquecido. La postura que adoptó era muy impresionante, pues estaba parado como si estuviese sobre un caballo. De hecho, cualquier persona que conociese un poco sobre Karate, inmediatamente se habría dado cuenta que se trataba de la posición del jinete (kibadachi), la más estable de las posiciones del Karate, y de que estaba utilizando el tifón enbravecido para refinar su técnica y para reforzarse aún más física y mentalmente.

El viento golpeaba el tatami y al joven con toda su fuerza, pero él mantenía su ubicación sin ninguna vacilación.

MATSUMURA Y EL TORO
De R. Kim, "The Weaponless Warriors"

Una historia muy famosa y muy contada (de diversas maneras), que tuvo mucha importancia en ganarle el título de bushi a Matsumura.

La historia tuvo lugar en el reinado del rey Sho Ko, reinado marcado por intrigas cortesanas, corrupción y distribución del poder del rey en manos de un pequeño grupo de subordinados. Esta es una historia usual cuando el poder cae en manos de un líder de caracter débil.

Para mantener al pueblo tranquilo ante las constantes alzas de impuestos, el rey instituyó un evento anual de corrida de toros y artes marciales para entretener al populacho. Rápidamente se transformó en uno de los momentos cúspides del calendario local.

En un año en particular, luego que el rey había recibido un toro del Emperador de Japón, decidió hacerlo pelear con el mejor artista marcial de la isla, Matsumura. La proclamación del encuentro se regó a toda la isla, creando gran revuelo. La gente se olvidó de sus problemas y esperaron ansiosamente el combate del toro del rey y Matsumura en Aizo-Shuri.

Al escuchar del encuentro por decreto del rey, Matsumura decidió no tomar riesgos. Se encaminó hacia los establos del rey y visitó al cuidador del toro en su hogar. El hombre quedó completamente anonadado cuando vio a Matsumura, un hombre idolatrado por los okinawenses, considerado casi como un semi-dios. Sólo pudo mirarlo fijamente con los ojos desenfocados, aguantándo la respiración y boquiabierto.

"Podría ver al toro?", preguntó Matsumura, intentando relajar al hombre.

"Lo que usted diga", finalmente respondió incómodamente el cuidador y comenzó a guiar a Matsumura hacia el establo
.
"Por favor no le mencione a nadie que he venido a ver al animal", dijo Matsumura, "y asegúrese de que esté fuertemente amarrado".

El cuidador lo miró extrañamente y asintió con la cabeza al tiempo que veía a Matsumura colocarse su equipo de batalla y una máscara. Asegurándose primero que el toro estuviese bien atado, Matsumura entró al corral y se acercó al animal cautelosamente.

De su manga sacó una larga aguja y con ella punzó al toro en su nariz. La reacción fue estruendosa, el toro bramó ensordecedoramente y trató en vano de atacar a su atormentador. Matsumura satisfecho con los resultados, repitió este proceso cada día hasta que el toro aprendió a reconocerlo y a temerle.

Cuando llegó el día del encuentro, gente de toda la isla viajaron en masa hacia Aizo-Shuri, desde tan lejos como Hama-Higa. El aire estaba lleno de festividad y la gente se olvidó completamente de sus impuestos, en cambio, se preparaban para el espectáculo más grande sobre la Tierra: Matsumura peleando contra el toro de raza del rey.

Cuando el toro trotó al Arena, se produjo un silencio expectante y un sonido colectivo de admiración. Era un animal verdaderamente magnífico. Hasta el rey se debe haber preguntado si un ser humano podría vencer a tal bestia. El toro escarbó el suelo y resopló ferozmente y vítores surgieron del público. En una de las esquinas había aparecido Matsumura.

Caminó lentamente hacia el toro, vestido en su equipo de batalla y máscara. Cuando el toro finalmente olfateó su aroma, dio un bramido de miedo y salió corriendo del Arena.

El público emitió un rugido estruendoso, nadie había visto ni escuchado de algo semejante en sus vidas, hasta el rey estaba asombrado, no se explicaba cómo Matsumura había logrado que el toro saliese sin siquiera haberlo tocado. Cuando finalmente recobró su compostura, anunció al público:

"Hoy por decreto real, Matsumura es nombrado 'bushi', en reconocimiento a su inusual habilidad en las artes marciales".
De esta manera Sokon Matsumura llevó el título y nombre de "bushi" a la historia.

EL SAMURAI Y EL PESCADOR
Por Richard Kim.
"The Weaponless Warriors", 1974. Ohara Publications, USA.

Durante la ocupación Satsuma de Okinawa, un Samurai japonés que le había prestado dinero a un pescador, hizo un viaje para recolectarlo a la provincia Itoman, donde vivía el pescador. No siéndole posible pagar, el pobre pescador huyó y trató de esconderse del Samurai, que era famoso por ser corto de genio. El Samurai fue a su hogar y al no encontrarlo ahí, lo buscó por todo el pueblo. A medida que se daba cuenta que no lo encontraba se volvió furioso. Finalmente, al atardecer, lo encontró bajo un barranco que lo escondía de la vista. En su enojo, desenvainó su espada y dijo: "Qué tienes para decirme", le gritó.

El pescador replicó, "Antes que me mate, me gustaría decir algo. Humildemente le pido esa posibilidad." El Samurai dijo, "Ingrato! Te presto dinero cuando lo necesitas y te doy un año para pagarme y me retribuyes de esta manera. Habla antes que cambie de parecer."

"Lo siento", dijo el pescador.

"Lo que quería decir era ésto. Acabo de comenzar el aprendizaje del arte de la mano vacía y la primera cosa que he aprendido es el precepto: 'Si alzas tu mano, restringe tu temperamento; si tu temperamento se alza, restringe tu mano."

El Samurai quedó anonadado al escuchar esto de los labios de un simple pescador. Envainó su espada y dijo: "Bueno, tienes razón. Pero acuérdate de esto, volveré en un año a partir de hoy, y será mejor que tengas el dinero." Y se fue.

Había anochecido cuando el Samurai llegó a su casa y, como era costumbre, estaba a punto de anunciar su regreso, se vio sorprendido por un haz de luz que provenía de su pieza, a través de la puerta entreabierta.

Afinó su ojo y pudo ver a su esposa tendida durmiendo y el contorno impreciso de alguien que dormía a su lado. Muy sorprendido y explotando de ira se dio cuenta de que era un samurai!

Sacó su espada y sigilosamente se acercó a la puerta de su pieza. Levantó su espada preparándose para atacar a través de la puerta, cuando se acordó de las palabras del pescador: "Si tu mano se alza, restringe tu temperamento; si tu temperamento se alza restringe tu mano."

Volvió a la entrada y dijo en voz alta. "He vuelto". Su esposa se levantó, abriendo la puerta salió junto con la madre del Samurai para saludarlo.

La madre vestida con ropas de él. Se había puesto ropas de Samurai para ahuyentar intrusos durante su ausencia.

El año pasó rápidamente y el día del cobro llegó. El Samurai hizo nuevamente el largo viaje. El pescador lo estaba esperando. Apenas vio al Samurai, este salió corriendo y le dijo: "He tenido un buen año. Aquí está lo que le debo y además los intereses.

No sé cómo darle las gracias!"
El Samurai puso su mano sobre el hombro del pescador y dijo: "Quédate con tu dinero. No me debes nada. Soy yo el que está en deuda."

UNA LEYENDA HINDU

 "Todos los pájaros del Universo acostumbraban reunirse para entonar himnos de alabanza a la naturaleza y a Dios. Eran ruiseñores, canarios, zorzales, que cantaban masivamente... y también la grulla, con su graznar desagradable! Tanto que las demás aves resolvieron excluirlo del grupo.

Luego repentinamente apareció el Rey a indagar por qué ya no escuchaba la voz de la grulla... Cuando le explicaron, el soberano replicó:"han hecho muy mal! el canto de la grulla es una parte del concierto de la creación y sus notas desafinadas sirven para realzar la belleza de las notas armónicas."

Cuando creamos que no podemos tolerar ciertas personas o ciertas cosas, ciertas religiones o ciertas filosofías que nos son extrañas y juzgamos que perturban nuestro modo de pensar, y por ello deben de ser eliminadas; cuando creamos que solamente nuestras ideologías y nuestras directrices, o las de nuestros compatriotas y simpatizantes, son las que deben prevaleceren cualquier circunstancia, recordemos esta leyenda hindú y hagamos que la armonía y el equilibrio se establezcan en nuestro interior para proyectarse exteriormente, en nuestras relaciones con los demás.

De nada nos sirve hablar de paz, belleza y luz, si en nuestro interior reina la desarmonía, caos y tinieblas. Hagamos un autoanálisis y siempre que encontremos deseos y anhelos dañinos en nuestro corazón, procuremos sinceramente extirparlos, para nuestro propio bien y el de los demás.

Que nuestras acciones y palabras se traduzcan en un equilibrio entre el intelecto y el sentimiento, una forma de vida que debe ser constantemente velada para que nos transformemos, en una menor escala, en un reflejo de la Gran Armonía que rige el Universo!

Kuwada y los Kata
Richard Kim, "The Weaponless Warriors", 1974. Ohara Publications, USA.

Donde falte la moralidad del karate, no existe karate.

Hubo una vez un hombre así, llamémoslo Kuwada.

Kuwada había comenzado su entrenamiento en las artes marciales con el deseo de ser temido por todos los hombres. Pero pronto descubrió que no existían atajos en su camino desde principiante a maestro.

Desanimado por el entrenamiento incesante de kata, Kuwada le preguntó a su sensei, "Cuando aprenderemos alguna otra cosa? He estado aquí bastante tiempo y es kata, kata, kata todos los días."

Cuando su sensei no le respondió, Kuwada fue donde el asistente del maestro y le hizo la misma pregunta. Este le respondió: "El entrenamiento de kata es para pulir la mente. Es mejor rasurar tu mente que tu cabeza. Entiendes?"

Kuwada no entendió y en protesta dejó el dojo, embarcándose en una notoria carrera como el mejor luchador callejero en Shuri. Era duro, sin duda. "Una pelea por noche", era su dicho, siempre alardeaba "no le temo a ningún hombre viviente."

Una noche, Kuwada vio a un extraño caminando calmadamente siguiendo una pared de rocas. Kuwada se irritó al ver tal compostura en otra persona. Corrió rápidamente al cruce de camino y esperó a que pasara el hombre.

Cuando lo hizo, Kuwada saltó y le tiró un golpe de puño, pero el hombre esquivó el golpe y le tomó el brazo. A medida que tiraba a Kuwada hacia él, lo miraba fijamente a los ojos. Kuwada trató de zafarse, pero no pudo. Por primera vez en su vida Kuwada sintió una sensación extraña, miedo a la derrota.

Cuando el hombre lo soltó, Kuwada corrió, pero miró por sobre su hombro para ver al hombre caminando calmadamente como si nada hubiese sucedido. Kuwada averiguó posteriormente que aquel hombre era un maestro de kata, un artista marcial que nunca en su vida había peleado.

Aquel que se domina a sí mismo es el más grandioso de los guerreros. Esta es la cosa más obvia para un maestro en las artes marciales.


Concentración

Después de ganar varios concursos de arquería, el jóven y jactancioso campeón retó a un maestro Zen que era reconocido por su destreza como arquero.
El joven demostró una notable técnica cuando le dió al ojo de un lejano toro en el primer intento, y luego partió esa flecha con el segundo tiro. "Ahí está", le dijo el viejo, "¡a ver si puedes igualar eso!".

Inmutable, el maestro no desenfundo su arco, pero invitó al joven arquero a que lo siguiera hacia la montaña. Curioso sobre las intenciones del viejo, el campeón lo siguió hacia lo alto de la montaña hasta que llegaron a un profundo abismo atravesado por un frágil ytembloroso tronco. Parado con calma en el medio del inestable y ciertamente peligroso puente, el viejo eligió como blanco un lejano árbol, desenfundó su arco, y disparó un tiro limpio y directo. "Ahora es tu turno", dijo mientras separaba graciosamente en tierra firme.

Contemplando con terror el abismo
aparentemente sin fondo, el joven no pudo obligarse a subir al tronco, y menos a hacer el tiro. "Tienes mucha habilidad con el arco", dijo el maestro, "pero tienes poca habilidad con la mente que te hace errar el tiro".


El Ki

Un Maestro de combate a mano desnuda enseñaba su arte en una ciudad de provincia. Su reputación era tal en la región que nadie podía competir con el.
Los demás profesores de artes marciales se encontraban sin discípulos. Un joven experto que había decidido establecerse y enseñar en los alrededores quiso ir un día a provocar a este famoso Maestro con el fin de terminar con su reinado.

El experto se presento en la escuela del Maestro. Un anciano le abrió la puerta y le pregunto que deseaba. El joven anunció sin dudar su intención. El anciano,
visiblemente contrariado, le explicó que esa idea era un suicidio ya que la eficacia del Maestro era temible.

El experto, con el fin de impresionar a este viejo medio chocho que dudaba de su fuerza, cogió una plancha de madera que andaba por allí y de un rodillazo la
partió en dos. El anciano permaneció imperturbable. El visitante insistió de nuevo en combatir con el Maestro, amenazando con romperlo todo para demostrar su determinación y sus capacidades. El buen hombre le rogó que esperara un momento y desapareció. Poco tiempo después volvió con un enorme trozo de bambú en la mano. Se lo dio al joven y le dijo:

- El Maestro tiene la costumbre de romper con un puñetazo los bambúes de este grosor. No puedo tomar en serio su petición si usted no es capaz de hacer lo mismo.

El joven presuntuoso se esforzó en hacer con el bambú lo mismo que había hecho con la plancha de madera, pero finalmente renunció, exhausto y con los miembros doloridos. Dijo que ningún hombre podía romper ese bambú con la mano desnuda.

El anciano replicó que el Maestro podía hacerlo. Aconsejo al visitante que abandonara su proyecto hasta el momento que fuera capaz de hacer lo mismo.
Abrumado, el experto juró volver y superar la prueba.

Durante dos años se entrenó intensivamente rompiendo bambúes. Sus músculos y su cuerpo se endurecían día a día. Sus esfuerzos tuvieron sus frutos y un día se presentó de nuevo en la puerta de la escuela, seguro de sí. Fue recibido por el mismo anciano. Exigió que le trajeran uno de esos famosos bambúes de la prueba y no tardo en calarlo entre dos piedras. Se concentró durante algunos segundos, levanto la mano y lanzando un terrible grito rompió el bambú. Con una gran sonrisa de satisfacción en los labios se volvió hacía el frágil anciano. 

Este le declaró un poco molesto:
- Decididamente soy imperdonable. Creo que he olvidado precisar un detalle: el Maestro rompe el bambú... sin tocarlo. - El joven, fuera de si, contesto que no creía en las promesas de este Maestro cuya simple existencia no había podido verificar. En ese momento, el anciano cogió un bambú y lo ató a una cuerda que colgaba del techo. Después de haber respirado profundamente, sin quitar los ojos de bambú, lanzó un terrible grito que surgió de lo más profundo de su ser, al mismo tiempo que su mano, igual que un sable, hendió el aire y se detuvo a 5 centímetros del bambú... que saltó en pedazos.

Subyugado por el choque que acababa de recibir, el experto se quedó durante varios minutos sin poder decir un palabra, estaba petrificado. Por último pidió
humildemente perdón al anciano Maestro por su odioso comportamiento y le rogó que lo aceptara como discípulo.


El Sexto Sentido

Tajima no kami paseaba por su jardín una hermosa tarde de primavera. Parecía completamente absorto en la contemplación de los cerezos al sol. A algunos pasos detrás de él, un joven servidor le seguía llevando su sable. Una idea atravesó el espíritu del joven:

"A pesar de toda la habilidad de mi Maestro en el manejo del sable, en este momento sería fácil atacarle por detrás, ahora que parece tan fascinado con las

flores del cerezo". En ese preciso instante, Tajima no kami se volvió y comenzó a buscar algo alrededor de sí, como si quisiera descubrir a alguien que se hubiera escondido.

Inquieto, se puso a escudriñar todos los rincones del jardín. Al no encontrar a nadie, se retiró a su habitación muy preocupado. El servidor acabó por

preguntarle si se encontraba bien y si deseaba algo. Tajima respondió:

- Estoy profundamente turbado por un incidente extraño que no puedo explicarme. Gracias a mi larga práctica de las artes marciales, puedo presentir cualquier pensamiento agresivo contra mí. Justamente cuando estaba en el jardín me ha sucedido esto. Pero a parte de ti no había nadie, ni siquiera un perro. Estoy descontento con migo mismo ya que no puedo justificar mi percepción. El joven servidor, después de saber esto, se acercó al Maestro y le confeso la idea que había tenido, cuando se encontraba detrás de él. Humildemente le pidió perdón.

Tajima no kami se sintió aliviado y satisfecho, y volvió al jardín.

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